Auge y popularización del golf en España

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Como si no tuviésemos bastante con la proliferación del ladrillo por toda la superficie ibérica, especialmente en la costa, ahora se están extendiendo como una plaga los campos de golf. Se construyen por doquier, sin control ni mesura. Hoy día, parece que cualquier municipio con zonas residenciales “vendibles” fuese de segunda o tercera categoría si no cuenta con un campo de golf. Bajo tal premisa, a construir... la justificación se buscará a posteriori; el sistema basado en la actual economía de mercado no tiene problemas e inventa una ética de conveniencia ad hoc [1].

Desde el punto de vista medioambiental, el golf en sí mismo es una actividad -¿deporte?- decididamente insostenible y, se mire como se mire, de marcado impacto ambiental. Sin embargo, contra toda lógica razonable (menos la “lógica” de la economía de mercado, claro está) se impone cada vez más en nuestra sociedad. En efecto, cuando en la actualidad existe un boom sin precedentes que está enladrillando sin piedad el litoral y todo lo que se puede de los mejores puntos del interior, donde parece buscar a propósito los parajes más sobresalientes (lógico: cuanto más “idílicos” sean esos terrenos mejor se venden los chalets, los dúplex, los apartamentos, los pisos o lo que sea que haya que vender), en España, a imagen y semejanza del modelo americano, se ha importado una moda más: los campos de golf.

Sólo en Madrid existen 30, de los cuales tres se riegan con agua reciclada mientras que los veintisiete restantes se aprovisionan con aguas subterráneas [2]. La superficie ocupada es de unas mil ochocientas hectáreas en total, lo que supone un territorio similar a la extensión de la Casa de Campo. Está previsto que se construyan otros veintiocho. En otras comunidades las cosas no andan mucho mejor: Cataluña cuenta con cuarenta y dos campos de golf, Andalucía con ochenta y nueve, etc.

Curiosamente, existe una réplica “mediterránea” al modelo clásico europeo-norteamericano de campo de golf. Se trata del campo de golf “de secano”. En este tipo de instalación sólo se mantiene verde el “green” y lo estrictamente necesario, evitando la tentación de hacer estanques y otros adornos paisajísticos que convierten el recinto en una especie de parque público de lujo como los que podemos ver en cualquier ciudad importante. En España existe uno funcionando perfectamente, ubicado en El Bonillo, municipio albacetense del Campo de Montiel. De ese modo, dejando al margen las demás consideraciones, no sólo se ahorra un porcentaje elevado de agua en su mantenimiento y se evita el subsiguiente empleo de productos fitosanitarios y fertilizantes, sino que su diseño respeta mucho más el entorno natural (en el caso comentado, un encinar). Pero, cómo no, la idea no parece prosperar en una sociedad mercantil que pretende sacar el máximo provecho económico a cualquier actividad comercial que emprende.

Thorstein VeblenYa en 1899, Thorstein Veblen [3], en su obra "The Theory of the Leisure Class: an economic study of institutions” (Teoría de la clase ociosa), indicó que el auge del golf se debía a la circunstancia de que requiere mucho terreno y ese detalle permite distinguir socialmente y permite la ostentación de quienes lo practican (Veblen describió a la “clase ociosa” como aquélla cuyo extraño deber es gastar el dinero ostensiblemente; “si un ejecutivo no tiene tiempo para gastar el dinero que gana, su mujer y sus hijos lo harán por él”).

La “imperiosa” necesidad de que los ejecutivos (versus Veblen) y gentes de bien puedan “divertirse y disfrutar de una actividad deportiva que aporta equilibrio físico y mental a quien lo practica” (eso dicen los anuncios publicitarios) está hipotecando el futuro de muchos enclaves naturales y, lo que es mucho peor, sólo es el principio de una etapa en nuestro país que abre la veda para la construcción de numerosos campos de golf. (En realidad, esto parece ser el comienzo de una verdadera revolución social y medioambiental en lo que a este asunto se refiere.) Como es habitual, una orquestada campaña publicitaria en su favor se encargará de que la población asuma las consecuencias pensando en los “beneficios sociales” que hará creer tiene su implante; para conseguirlo se recurre a los manidos tópicos al uso: que si la “creación de empleo”, que si las “mejoras sociales” en las zonas donde se construyan, incluso se argumenta una mejora medioambiental (¿?)..., pues el lenguaje, la ambición de los promotores y ediles implicados en su caso, y la imaginación y profesionalidad de los publicistas dan de sobra para retorcer las cosas hasta ese punto [4].

Con unos gastos de agua absolutamente injustificados, una utilización de productos químicos contaminantes improcedente (insecticidas, fungicidas, herbicidas, fertilizantes) y una alteración del terreno y el tapiz vegetal mucho más radical de lo que en principio hacen creer sus apologistas, cada campo de golf es una frontera natural abolida, una nueva victoria del rodillo de la construcción, una severa transformación del medio, cambio irracional e irreversible.

A pesar de todas las consideraciones actuales con respecto al agua (a su escasez) que el Gobierno español y los distintos Gobiernos autonómicos hacen, de los medios puestos a disposición de la educación y concienciación de la población, de la difusión de planes de ahorro de agua y de la toma de medidas al respecto (restricciones incluidas), y de las aterradoras previsiones que existen para el futuro (en España la desertificación avanza a pasos agigantados año tras año), se sigue consintiendo la instalación, previa evaluación de impactos, de numerosos campos de golf en toda España.

José Ignacio López-Colón y José Luis García Cano, Ecologistas en Acción


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